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LOS
SANTOS PADRES - LOS PRIMEROS SIGLOS
Ignacio de
Antioquía escribe siete cartas en las que hace mención a
la organización de cada Iglesia. Es en cierta manera el
introductor de los perfiles que caracterizan al diácono en
una Iglesia organizada e introduce en la historia de la
Iglesia el testimonio de un orden jerárquico presidido por
el Obispo, los presbíteros y los diáconos nombrándolos
siempre;
«Puesto que
gracias a las personas antes mencionadas ( se trata del
obispo Damas, los presbíteros Basso y Apolonio y el
diácono Zosión ) he visto la fe y he amado a toda vuestra
comunidad, os exhorto a que todo lo hagáis en concordia de
Dios, presidiendo el obispo en el lugar de Dios, los
presbíteros en el lugar de la asamblea de los apóstoles y
los diáconos - para mí, dulcísimos - a los que se les ha
confiado el servicio de Jesucristo que estaba junto al
Padre antes de los siglos y se manifestó finalmente»
1
y sigue aconsejando en la misma carta
«en el principio y en el fin, con vuestro dignísimo obispo
y con la preciosa corona espiritual de vuestro presbiterio
y de los diáconos según Dios. Someteos al obispo y también
los unos a los otros, como Jesucristo al Padre, según la
carne, y los apóstoles a Cristo, al Padre y al Espíritu,
para que la unidad sea carnal y espiritual»
2
En la carta a
los Tralianos puntualiza:
«Es menester
también que los diáconos que son ««ministros»» de los
ministerios de Jesucristo agraden a todos de todas las
maneras. Pues no son diáconos de comidas y bebidas, sino
servidores de la Iglesia de Dios. Por tanto es necesario
que
se guarden de reproches como del fuego»; sigue
manifestando a continuación que: «Recíprocamente
reverencien todos a los diáconos como a Jesucristo, así
como el obispo que es figura del Padre y a los presbíteros
como al senado de Dios y como la asamblea de los
apóstoles. Sin aquellos no existe la Iglesia»
3
En la carta a
los Filadelfios, Ignacio, llamado Teóforo se dirige
«Al obispo, a los presbíteros que están con
él y a los diáconos que fueron establecidos por voluntad
de Jesucristo, a los cuales por propio deseo fortaleció en
firmeza por su Espíritu Santo». Prosigue diciendo:
«Esforzaos por frecuentar una sola Eucaristía, pues una es
la carne de nuestro Señor Jesucristo y uno el cáliz para
unirnos a su sangre, uno es el altar como uno es el obispo
junto con el presbiterio y los diáconos, mis compañeros de
esclavitud. Así, todo lo que hagáis, hacedlo según Dios»
Más avanzada
la carta les solicita que:
«es conveniente
que vosotros, como Iglesia de Dios, elijáis un diácono que
vaya como embajador de Dios para que se alegre con ellos,
que están unidos, y glorifiquen el Nombre. 2. Será
bienaventurado en Jesucristo el que sea considerado digno
de tal función, y vosotros seréis glorificados. Si lo
queréis, no es imposible ««hacerlo»» por el nombre de
Dios, así como las iglesias más cercanas enviaron obispos,
y otras, presbíteros y diáconos», y refiriéndose a un
compañero suyo les dice: «En cuanto a Filón, diácono de
Cilicia, hombre atestiguado que también ahora me sirve en
el ««ministerio»» de la Palabra de Dios, junto con Reo
Agatopodo, hombre selecto, que me sigue desde Siria
renunciando a su vida»
4
En la carta a
los Esmirniotas les dice:
«Seguid todos al
obispo, como Jesucristo al Padre, y al presbítero como a
los apóstoles. Respetad a los diáconos como al mandamiento
de Dios.». Reconoce el comportamiento de la Iglesia de
Esmirna: «Hicisteis bien al recibir a Filón y a Reo
Agatopodo como a diáconos de Cristo, Dios, los cuales me
han seguido por Dios. Ellos dan gracias al Señor por
vosotros porque los aliviasteis de todas maneras»
5
A los
Filipenses les puntualiza como deben ser los diáconos:
«debemos
caminar conforme a la dignidad de su mandamiento y de su
gloria. Igualmente, los diáconos sean irreprochables ante
su justicia, como servidores de
Dios y de
Cristo, pero no de los hombres: no sean calumniadores, ni
dobles de lengua, ni avaros, sino continentes en todo,
misericordiosos, solícitos, caminando conforme a la verdad
del Señor, que se hizo servidor de todos», y «por tanto,
es necesario apartarse de todo eso, obedeciendo a los
presbíteros y a los diáconos como Dios y a Cristo» 6
A Policarpo le
dice:
«Yo doy la vida
por los que se someten al obispo, a los presbíteros y a
los diáconos: ¡ojalá pudiese tener parte con ellos en
Dios!» 7
En la carta de
Policarpo a los Filipenses
«Igualmente
los diáconos sean irreprochables ante su justicia, como
servidores de Dios y de Cristo, pero no de los hombres: no
sean calumniadores, ni dobles de lengua, ni avaros, sino
continentes en todo, misericordiosos, solícitos conforme a
la verdad del Señor, que se hizo servidor de todos»
8
En el Pastor
de Hermas detectamos ciertos abusos, son públicos algunos
pecados, pero la misericordia deja siempre abierta la
puerta y la posibilidad de enderezar lo torcido:
«los que tienen
manchas son los diáconos que sirven mal, saquean la vida
de las viudas y de los huérfanos y se lucran del
ministerio que recibieron para servir. Si permanecen en su
pasión, ya han muerto y no tienen ninguna esperanza de
salvación. Si cambian y cumplen con pureza su ministerio,
podrán vivir» 9
En la Didaché
se manda elegir obispos y diáconos:
1. Así pues,
elegíos obispos y diáconos, dignos del Señor, hombres
mansos, desinteresados, veraces y probados, pues ellos
también desempeñan el ministerio de los profetas y de los
doctores.
2. Así pues,
no los despreciéis, pues ellos ocupan entre vosotros un
puesto de honor junto con los profetas y los doctores».
10
Desde el
primer siglo en plena expansión del cristianismo el
carácter ministerial del diaconado se manifiesta como:
Diakonías
propias
en Clemente
Romano 40, 5.
En
Ignacio de Antioquia:
Diakonía de
Jesucristo
en Magnesios
6, 1;
diakonía de
Dios
en Esmirnotas
12,1;
diáconos de
los misterios de Jesucristo y servidores de la Iglesia de
Dios
en Tralianos
2, 3;
diáconos de
Cristo Dios
en Esmirnotas
10, 1;
diáconos de
Dios y Cristo
en epístola a
Policarpo 5, 2.
Las
comunidades cristianas nacientes son catequizadas por
doctores y profetas provenientes de otras iglesias, que
por la itinerancia, mantienen un vínculo de dependencia
con ellas y cuando van creciendo y surge la necesidad de
tener su propia organización, para vitalizar su
crecimiento, deben elegir esos obispos y diáconos que a su
vez desempeñen el oficio de profetas y doctores en su
respectiva comunidad.
Ignacio de Antioquia dice de
Filón:
«Aún ahora me sirve a mí en la Palabra de
Dios»
También
Clemente de Alejandría manifiesta:
«Uno es realmente presbítero de la Iglesia
y diácono verdadero de la voluntad de Dios si es que
cumple y enseña las cosas de Dios»
Ellos son
garantes, en cierta manera, de la fe transmitida por la
predicación de esos profetas y doctores itinerantes, que
van fundando núcleos de vida cristiana por todo el viejo
imperio romano, por lo que el respeto a la autoridad en el
servicio, recibida de la comunidad es fundamental, ya que
el consejo que les da el «didachista», está fundado
en la experiencia personal ya que al ser uno de ellos, y
ser extraído y elevado a un orden jerárquico para ser
servidor de ella, surgen recelos y envidias; cualquier
roce humano de desprecio, motivado por el alejamiento
aparente de una relación afectiva por tener que abarcar el
afecto a toda la comunidad así como su dedicación
exclusiva al servicio de todos sus hermanos.
Tenemos
noticia del martirio del diácono Santos, del obispo Potino
y de la esclava Blandina, entre cincuenta cristianos
martirizados, a través de Eusebio de Cesárea, que conserva
una carta de los cristianos de Lyon y de Vienne. Los
mártires de Lyon en el año 177, en los tiempos de Marco
Aurelio.
La evolución
en la vida comunitaria de las iglesias en los primeros
siglos va llenando de contenido los ministerios ejercidos
en la comunidad, diferenciándose epíscopos, presbíteros y
diáconos, ejerciendo el ministerio de Presidencia el
epíscopo, que se distingue de los demás presbíteros. El
diácono, ministro subalterno, está vinculado a la persona
del epíscopo. Quedan definidos los tres grados del
ministerio que conocemos: obispo, presbitero y diácono.
Hacia el año
251, San Cornelio I, presenta a su iglesia:
«Hay 46
sacerdotes, 7 diáconos, 7 subdiáconos, 42 acólitos, 52
entre exorcistas, lectores y ostiarios, y entre viudas y
pobres más de 1500 a los que alimentan la gracia y el amor
del Señor...» 11
«En tiempo de
San Cornelio Papa, hacia el año doscientos y cincuenta,
mantenía la Iglesia Romana ciento y cincuenta y quatro
clérigos , y más de mil quinientos pobres»
12
Desde el siglo
III, los diáconos desarrollan su actividad pastoral en el
ámbito de los tres ministerios. Así la Traditio Apostólica
nos habla de:
presidir reuniones de instrucción y oración (TA
39),
de presentar las ofrendas al obispo en la celebración
eucarística (TA 8,21)
y ayudar a partir el pan consagrado
(TA 22).
Menciona como una de las obligaciones del diácono
la de indicar al obispo los enfermos de la comunidad (TA
34).
La misma actividad se anota en la Didascalía:
invita a los fieles a reconciliarse al inicio de la
asamblea litúrgica (II, 54, 1) y les da las normas
precisas sobre el buen orden en las asambleas (II, 57,
6-11; 58, 5).
Les hace responsables de la pronta atención a
los enfermos (III, 13, 1), les ordena visitar
personalmente a todos los necesitados (III, 13, 7) y
acoger a los forasteros que llegan a la comunidad (II,59,1).
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