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SER DIÁCONO HOY:
Se hace presente en nuestra Iglesia diocesana lo que el
Concilio nos regaló: El Diaconado Permanente
El Diaconado hunde sus raíces en la tradición de la
Iglesia. Se instaura en el Concilio Vaticano II de modo
estable y permanente y con la posibilidad de ser ordenados
hombres casados; y a tenor de las normas dictadas por la
Conferencia Episcopal Española lo instaura nuestra
diócesis, según se recoge en el número 564 de las
Constituciones del Sínodo Diocesano Valentino.
La experiencia que teníamos del Diácono, estaba
basada en la observación litúrgica, en el escaso tiempo
que ante nuestros ojos permanecía, ya que era un grado
transitorio, fugaz, del Sacramento del Orden, al que se
accedía como paso previo a la definitiva ordenación de
Presbítero.
Pero hoy nace en nuestra Iglesia Valentina la novedad del
Diaconado Permanente. Es un camino y una vocación en la
Iglesia, su presencia que es signo de la presencia de
Jesucristo se sitúa en el grado inferior de la jerarquía y
recibe su ordenación ministerial para realizar un servicio
y no para ejercer el sacerdocio. Por lo tanto el Diácono
participa de una manera especial en la misión y gracia de
Cristo y a quien recibe esta ordenación le vincula de por
vida, es para siempre, por lo que se le llama permanente.
El Obispo al imponerle las manos indica que el Espíritu de
Dios separa a un ser, que se ha elegido y que toma
posesión del mismo, le confiere autoridad y capacidad de
ejercer una función. Es apartado del pueblo para servir al
pueblo en medio del pueblo, no en el sacerdocio sino en el
ministerio de la Caridad, de la Palabra, de la Liturgia.
El Diaconado es una institución que se inaugura en el
mundo bíblico del Nuevo Testamento y con abundantes
antecedentes en la Iglesia apostólica y patrística, nos
muestra las diversas maneras de resolver necesidades
puntuales y permanentes de servicio a la comunidad, desde
la perspectiva funcional y de identidad, del hacer y del
ser. Al recuperar esta institución el Vaticano II, la
instaura con la novedad y lozanía que responda a unas
necesidades determinadas, manteniendo el eje substancial y
de unión entre obispo-presbítero-diácono, completa la
jerarquía, la sitúa en el mismo orden que siempre estuvo
entroncada en la tradición de la Iglesia desde su
institución.
El Diácono Permanente es un hombre normal, con los mismos
problemas que los demás. Un hombre que pese a sus defectos
humanos se sabe renovado por Jesucristo, con disposición
al servicio de la Iglesia y de la humanidad, que anuncia
el Evangelio y lo encarna en su vida. Esta vocación la
vive y celebra siempre en comunidad desde su ministerio
específico, diaconal. Es un hombre al servicio de los
hombres, signo vivo y sacramento de Cristo Servidor. Es
una persona de fe íntegra, con madurez humana y cristiana,
integrado en la comunidad, que ha practicado con empeño
obras de apostolado y que goza de buena fama y costumbres
intachables. Es un hombre de oración, que
tiene un sentido de Iglesia humilde y fuerte, un espíritu
de pobreza, capacidad de obediencia y comunión fraterna,
celo apostólico, servicialidad y una gran caridad hacia
los hermanos, como amigo de los pobres. Es un
hombre responsable, laborioso, con capacidad para el
diálogo y sentido moral.
El Diácono casado, al crecer en el amor mutuo junto a su
esposa y su familia, ofrece un testimonio claro de la
santidad del matrimonio y la familia, vocación a la que
están llamados. La familia diaconal es signo esperanzador
del amor de Dios al mundo. En el matrimonio el amor se
hace donación interpersonal, mutua fidelidad, fuente de
vida nueva, sostén en los momentos de alegría y de dolor.
El amor se hace servicio. Vivido en la fe, este servicio
familiar, es para el pueblo de Dios y el mundo, ejemplo de
amor en Cristo y estímulo para las demás familias.
Afrontando con espíritu de fe los retos de la vida
matrimonial y las exigencias de la vida diaria, la familia
diaconal fortalece la vida familiar no sólo de la
comunidad eclesial, sino de la sociedad entera, haciendo
más humana la familia de los hombres y su historia. Su
casa es lugar de encuentro y acogida.
El diaconado es una vocación que tiene en este momento el
bautizado varón. La vocación al diaconado es una vocación
legítima, independiente de que hubiera o no inflación de
presbíteros. Puede ser Diácono permanente aquellos hombres
casados, mayores de 35 años, con 5 al menos de matrimonio
estable, que han dado testimonio cristiano en la educación
de los hijos, en la vida familiar, profesional, social y
eclesial.
Quien crea reconocer las señales de la llamada de Dios al
ministerio ordenado, debe someter humildemente su deseo a
la autoridad de la Iglesia a la que corresponde la
responsabilidad y el derecho de llamar a recibir este
sacramento. Esta posibilidad
debe estar inserta en una pastoral de conjunto, en una
pastoral vocacional que nazca en las propias comunidades
parroquiales.
El Diaconado Permanente es una vocación en
la Iglesia, propia del varón bautizado y que éste puede
ser célibe o casado. En ambos casos, la génesis del
seguimiento a Jesús desde la consagración personal a través del Sacramento del Orden, se inicia desde
una
disposición personal, constante y participativa en el servicio a los hermanos que forman
la comunidad parroquial.
En esta
donación hacia el amor, deben estar identificadas todas
aquellas personas, jóvenes o que ya no son jóvenes, pero que tienen sus
oídos prestos a escuchar en el silencio de su intimidad la
voz que resuena y retumba, que desestabiliza y te invita a
cuestionarte:
-¿ y por que
yo no...?, a mis años..., con mi edad..., con mi
situación...,
En el seguimiento de Jesús no hay
edades, ni siquiera situación social o cultural que
impidan al hombre escuchar su invitación. La dificultad de
este seguimiento estriba en discernir con seriedad, si en
el interior de la persona hay algún indicio que permita
plantearse dicha posibilidad de respuesta a una llamada
vocacional.
Para ello es necesario habituarse a
escuchar desde el silencio lo que pueda acontecer en el
interior de la persona. Tratar de escuchar entre tantas
voces que hablan y hablan, una que contraste sobre las
otras; una voz que se distinga nítida, constante, única e
inconfundible, esa es la invitación que todo cristiano
recibe de forma personal y exclusiva tal como la recibió
nuestro padre en la fe.
Estos
signos y acontecimientos en la vida de la persona, dan la
pista para descubrir en sí mismo esa llamada sin voz, la
intuición y animosidad que le empujan hacia un camino
indefinido, un deseo permanente de disponibilidad, una
manera de ser que te facilita la relación con los otros,
unas aptitudes de servicio, cualidades humanas elocuentes
y que denotan el interior de la persona,
«porque de lo que rebosa el corazón habla la boca. »
(Mt 12, 34. Lc 6, 45. Ver paralelo Rm 3, 14)
Te invito a bajarte este documento haciendo clic
sobre:
La
vocación propia del diácono permanente
¿Qué hay que
hacer para iniciar el proceso vocacional hacia el
Diaconado Permanente?
El proceso vocacional no surge
espontáneo, hay indicios en cada persona que se
manifiestan dentro de una comunidad. Nadie va por libre ni
puede surgir este carisma en una persona si esta no tiene
relación con otros, puesto que los carismas son para los
demás ya que son manifestación de aquellos dones que el
Espíritu regala libremente a personas concretas, para la
construcción y edificación de la Iglesia, de la comunidad.
Nunca como mérito personal ni jamás como una exigencia
surge un carisma para beneficio o fin particular. Siempre
aflora de la relación estrecha con los hermanos,
para la santificación y bien de la Iglesia.
Hay
múltiples manifestaciones del Espíritu pero un solo y
único Espíritu.
Cuando una determinada comunidad
experimenta la acción creadora del Espíritu Santo se
manifiesta la obediencia y la jerarquización de los
carismas.
Dice San Pablo: Aspirad a los carismas
mejores. Y ahora os indicaré un camino mejor. 1ª Cor
12,31
El amor es el camino, la caridad, el
ágape... y esto se hace sirviendo a los demás, poniéndose
uno en el último lugar, perder la vida por el hermano... Viviendo todo esto ya puede uno otear
su interior y someterse al discernimiento del pastor que
te conoce.
El itinerario de formación, surge desde
la comunión, con un diálogo fluido que emana de la
mutua reflexión con el Párroco. De ese discernir juntos la
intención vocacional al Diaconado Permanente, se inicia el
proceso, redactando por escrito el curriculum
personal, donde se detalla el nivel de formación, la
situación familiar y profesional y aquellas informaciones necesarias
que se crea oportuno incluir, además de la vinculación y compromiso
parroquial que ejerces en tu comunidad parroquial.
El párroco, como pastor de
dicha comunidad, se lo comunica al Vicario episcopal de tu zona
junto con un informe y carta de presentación, dará su
visto bueno y hará
llegar al Responsable de la Formación de los Aspirantes al
Diaconado Permanente.
El Responsable de
la Formación de los Aspirantes al Diaconado Permanente te
convoca a una entrevista personal.
Si los signos de esa aspiración
se mantienen y son consistentes, te invita a iniciar el
tiempo de formación con el curso Propedeútico. Se desarrolla en horarios compatibles
para todos. En los tiempos fuertes: Adviento y Cuaresma,
se hacen retiros y ocasionalmente alguna convivencia
familiar.
Es un tiempo
precioso donde lentamente sondeas tus propias intenciones
y las confrontas a la realidad de tu hecho existencial.
Con una buena y sólida dirección espiritual, con la
oración y una acertada reflexión, conseguirás estar en condiciones de
descubrir si se confirma o no, tu aspiración a seguir a Jesús a través del ministerio diaconal
permanente.
Sin la oración y
el silencio interior no puede uno oír la voz que te invita
a caminar lejos..., y si tienes algún síntoma en tu
corazón que te permita sospechar que tú puedes ser uno de
ellos, recuerda la Escritura:
«Buscad a
Dios mientras se deja encontrar...»
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